El otro día vi un post que decía que el azúcar ultra procesada no era mala, que los colorantes y saborizantes no eran dañinos, y que los aceites derivados del petróleo eran saludables. Al principio pensé que era un chiste sarcástico, pero al leer los comentarios, me di cuenta de que la gente realmente estaba convencida de que eso era cierto.
Ver ese nivel de certeza me llamó muchísimo la atención. Me hizo pensar en lo diferentes que pueden ser las perspectivas humanas—y en lo frágiles que podemos ser ante cualquier información que se nos ponga enfrente.
Pensé en la historia de cómo los carbohidratos y el azúcar se volvieron tan populares y “saludables” una vez que las grasas buenas fueron demonizadas y culpadas por las enfermedades cardiovasculares. También recordé esa época en la que la fórmula se promovía como más saludable y nutritiva para los bebés que la leche materna. Con el paso del tiempo, eso que alguna vez creímos que era “la verdad” sigue cambiando, transformándose en algo distinto—y a veces en algo completamente opuesto.
Y por supuesto, esto me deja pensando.
¿Cómo podemos decidir en qué creer cuando se nos ofrece una gama tan amplia y constantemente cambiante de posibilidades?
Ayer era malo, hoy es bueno, hoy es malo, mañana será bueno. ¿Cómo podemos confiar en que la perspectiva que se nos muestra es la correcta? ¿Cómo podemos confiar en que nuestra propia perspectiva es la correcta?
El otro día estaba teniendo esta conversación con una de mis hijas, y le explicaba que no existe solo el blanco y el negro, sino una infinita gama de grises en el medio. Y este dilema aplica a todo en la vida, no solo a cómo elegimos nuestra comida.
Para hacer la historia corta, aquí van mis conclusiones—y espero que quede claro que esto es simplemente mi punto de vista. Cuando vemos tantas tendencias de alimentación, tantos “estudios científicos”, tantos testimonios de lo que le funcionó a alguien o no, cuando estamos bombardeados con productos “milagrosos”, la única forma de filtrar todo eso es haciéndonos esta pregunta:
“¿Esto viene directamente de la naturaleza en su estado más puro, o no?”
Porque si hay algo que, como seres humanos, no podemos crear ni controlar (por más que lo intentemos), es la naturaleza misma. Somos parte de ella. La naturaleza ha estado desde el inicio de la creación como una balanza que mantiene todo en equilibrio. Entonces la pregunta es: ¿Este alimento, vino directamente de la naturaleza sin la intervención egoísta del ser humano o no?
No importa si eres vegano, carnívoro, vegetariano, o si crees que comer solo frutas amarillas en puré es la respuesta. La pregunta es: ¿es comida real que viene de la naturaleza, respetando lo más posible el equilibrio natural con el que fue creada? Creo que esa debería ser nuestra brújula—para no ser parte de un sistema de creencias que cambia con el tiempo (y hoy en día, con los influencers de moda).
Yo creo que en la vida tenemos dos brújulas. La primera: la naturaleza, como acabamos de hablar. Y la segunda: nuestro corazón. Porque las reglas siempre van a cambiar. Los seres humanos siempre vamos a reacomodarlas de la manera que más nos convenga. Pero más allá de lo que tu mente te diga, tu corazón sabe cuál es el camino.
¿Qué decisión tomar?
Cualquier decisión que tengas que tomar, cualquier respuesta requerida en una situación específica, cualquier comportamiento que elijas—tienes que preguntarte: en el fondo de mi corazón, ¿de verdad siento que esto está bien? ¿Es una decisión basada en amor, dejando de lado la negatividad e incluso argumentos lógicos? ¿Es una decisión y una perspectiva que vienen del corazón—de un amor real y profundo? Ojo, no hablo de un amor romántico, sino de un amor como la fuerza que nos mueve a nosotros y al universo, el amor como una verdad absoluta que nunca se equivoca.
Si lo es, ese siempre será el camino correcto. Y vas a ver que no existe blanco o negro, no existe una dieta perfecta, no existe un alimento milagroso. Vas a ver que la respuesta vive dentro de nosotros—y en nuestra conexión con la naturaleza, porque todos somos uno.
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