Cuando se acercan las fiestas de fin de año solemos pensar en tradiciones, tradiciones familiares que repetimos una y otra vez para mantener vivo el recuerdo de nuestros antepasados. Pero también es momento de crear tradiciones nuevas que iremos agregando a ese repertorio de actividades – y recetas – que perdurarán en el tiempo y serán parte de los mejores recuerdos de nuestros hijos.
Es una temporada de contemplación, de contar historias, de crear nuevas historias, y también de planificar y soñar con el nuevo año que se avecina. Es una temporada en la que además pensamos en el pasado, y nos preguntamos cómo se originaron ciertas tradiciones, cómo nuestros antepasados celebraban el fin de un ciclo y se preparaban para el siguiente. Hoy te quiero hablar de los ponches navideños.
La fórmula clásica y la realidad actual
Si desarmamos cualquier ponche navideño clásico, casi siempre encontramos la misma fórmula básica: leche o crema, huevos, azúcar, especias, algún licor. Lamentablemente, hoy en día esa combinación original ya no existe; es solo una mezcla de leche con azúcar ultraprocesada, saborizantes y gomas.
El origen medieval: de remedio a lujo
Pero, ¿cómo nacieron los ponches navideños, esa receta original, qué propósito tenía? Pues los primeros indicios de lo que dio origen a los ponches navideños vienen de la Europa medieval, en forma de una bebida que se llamaba posset.
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¿Qué era el posset? El posset (también escrito possot, poshote, etc.) era originalmente una bebida caliente muy popular hecha con leche cortada con vino o cerveza, casi siempre especiada, que además se usaba como remedio contra resfríos, fiebre y escalofríos. Los monjes le agregaban huevos y frutas secas como higos, que eran ingredientes de lujo para la aristocracia.
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Declive en Europa: En el siglo XVIII, aparentemente ya solo se tomaba en Suecia, Noruega e Inglaterra.
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Transformación: Más tarde, la bebida desaparece y el nombre “posset” se le empieza a aplicar a un postre frío de crema, azúcar y cítricos, muy parecido al syllabub (otro postre británico parecido).
El viaje a América y el nacimiento del eggnog y el rompope
La receta del posset había llegado a América con los colonos, y ahí se empezó a mezclar con los ingredientes locales (como el ron caribeño) y dio origen a muchas de las bebidas que hoy asociamos con la Navidad: el eggnog en Estados Unidos, el rompope en México, el ponche crema en Venezuela, el coquito en Puerto Rico y la caspiroleta en Perú, un increíble legado de ponches de leche y huevo de la Europa medieval. Pero estos no eran dulces “infantiles”; eran bebidas para adultos que se servían calientes y con mucho alcohol, y estaban hechas para sobrevivir al frío y para celebrar.
El origen del eggnog y su historia caótica
El término “eggnog” aparece documentado en la segunda mitad del siglo XVIII. Un clérigo de Maryland, Jonathan Boucher, lo menciona en un poema alrededor de 1775. La palabra llega a imprimirse a fines del siglo XVIII y se considera un americanismo formado por egg y nog (que podía referirse a una cerveza fuerte o a las pequeñas tazas de madera llamadas noggins).
Un lujo festivo para el frío
La combinación de leche, crema, huevos y alcohol lo hacía perfecto para el frío, y la presencia de azúcar y especias lo volvía un lujo festivo. Con el tiempo, el eggnog se transforma en la bebida de las fiestas de diciembre en Estados Unidos. Las familias preparaban grandes poncheras con cantidades absurdas de alcohol: hay descripciones del siglo XIX donde se usaba hasta media galonera de brandy para una sola tanda.
El infame “eggnog riot” de West Point (1826)
La importancia cultural del eggnog llega a un punto casi cómico —y trágico a la vez— en el famoso Eggnog Riot de 1826 en la Academia Militar de West Point.
En 1826, el eggnog era tan importante en la celebración de Nochebuena que, cuando el superintendente prohibió el alcohol y anunció un ponche “virgen”, los cadetes decidieron preparar su propia versión clandestina:
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Cruzaron el río Hudson para comprar whisky y ron.
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Organizaron una fiesta secreta en las barracas.
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La celebración se descontroló la noche del 24 al 25 de diciembre.
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Hubo ventanas rotas, barandas destruidas, gritos, armas y sables desenfundados, y oficiales perseguidos.
El escándalo fue tan grande que, tras la investigación, unos 70 cadetes fueron implicados, 20 juzgados en corte marcial (junto con un soldado) y, entre los participantes, figuraba un joven Jefferson Davis, futuro presidente de los Estados Confederados.
La receta atribuida a George Washington
No existe un “primer” eggnog oficial, pero hay varias recetas históricas que nos ayudan a ver cómo se bebía en distintas épocas.
Una de las recetas más famosas es la que se le atribuye a George Washington, el primer presidente de Estados Unidos. Tal como se transcribe en compilaciones modernas, dice así:
«Un cuarto de galón de crema, un cuarto de galón de leche, una docena de huevos, una docena de cucharadas de azúcar, una pinta de brandy, 1/2 pinta de whisky de centeno, 1/2 pinta de ron de Jamaica, 1/4 de pinta de jerez. Mezclar primero los licores, luego separar las yemas de las claras de los huevos, añadir el azúcar a las yemas batidas y mezclar bien. Agregar la leche y la crema, batiendo lentamente. Batir las claras hasta que estén firmes e incorporarlas suavemente a la mezcla. Dejar reposar en un lugar fresco durante varios días. Probar con frecuencia.»
La caspiroleta peruana: entre postre, ponche y medicina
Ahora, hablemos de la versión latina, específicamente la más popular en Perú: la caspiroleta.
Esta es, para mí, de esas bebidas que huelen a casa vieja, a abuela y a noche fría. Es una bebida caliente tradicional de Perú, Colombia y Venezuela. Si nos ponemos formales, la Real Academia la define como leche caliente con huevos, canela, azúcar y algún licor; básicamente la descripción de un eggnog.
Características y uso tradicional
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Presencia histórica: En el caso peruano, aparece en recetarios del siglo XIX y XX como La mesa peruana, en libros como Cocina y Repostería de Francisca Baylón y en textos de Ricardo Palma y Hermilio Valdizán.
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El ingrediente clave: Siempre se la menciona en el mismo grupo que el “ponche de huevos” y otros dulces de la Lima antigua; y su principal característica es el mundialmente famoso pisco peruano.
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Triple propósito: En la memoria limeña, la caspiroleta es ponche, postre y remedio casero a la vez. Las abuelas la preparaban para “sudar el resfrío” cuando alguien estaba engripado, para cuidar a una mujer después del parto o simplemente como algo calientito antes de dormir en pleno invierno.
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Descripción clásica: Una crónica sobre la dulcería La Flor de la Canela, en el Rímac, la describe tal cual: leche hervida con canela en rama y un pedacito de vainilla, bien dulce, un buen chorro de pisco y, encima, una nube de claras batidas.
Caspiroleta vs. eggnog
Si pongo la caspiroleta al lado del eggnog, digamos que este último terminó convertido en símbolo de la Navidad anglosajona, mientras que la caspiroleta, además de ser un ponche navideño, se quedó pegada a la dulcería limeña tradicional y medicinal, un postre-bebida que “cura el cuerpo y el ánimo”.
El misterio de la cura: ¿por qué los ponches curaban resfríos?
¿Y por qué se decía que estos ponches “curaban resfríos”?
Porque, sin saber nada de sistema inmune, la gente tenía clara una cosa: si estás enfermo y débil, necesitas calor y energía. Estos ponches daban exactamente eso.
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Efecto calórico y fortificante: Eran muy calóricos (leche o crema, azúcar, yema de huevo, a veces hasta manteca); para alguien con fiebre y poco apetito, una taza era casi un concentrado de calorías. Huevos y leche se veían como alimentos “fortificantes” para convalecientes.
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Calor y relajación: Eran calientes, así que aliviaban un rato la garganta, ayudaban a aflojar la mucosidad y daban esa sensación de abrigo por dentro.
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Alcohol y especias: Si a eso le sumas el alcohol —que se usaba para desinfectar por fuera y se creía que también “mataba bichos” por dentro—, el combo sonaba perfecto: te calienta, te relaja, te hace sudar y te da sueño. Las especias (canela, clavo, nuez moscada, jengibre) se han usado en medicina tradicional para mejorar la digestión, calmar dolores suaves y “calentar” el cuerpo.
La perspectiva actual (ciencia vs. tradición)
¿Curaban el resfrío de verdad? No en el sentido de matar el virus. Pero sí aportaban calorías cuando no tenías hambre, algo de proteína, grasas y micronutrientes, y sobre todo esa sensación de cuidado y contención que hace que el cuerpo pueda descansar.
Pero si analizamos la receta con la ciencia que tenemos hoy en día, pues lo último que necesita nuestro sistema inmunológico es:
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Lácteos (que producen más mucosidad, además de que la leche del supermercado, digamos, no es leche de verdad).
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Azúcar (ultraprocesada, más inflamación).
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Alcohol (inflama, no lo necesitamos).
Entonces, ¿cómo podemos hacer un ponche navideño saludable, delicioso y que realmente sea digno de celebración? Aquí te traigo una receta sin lácteos ni azúcar ultra procesada.
Receta: eggnog saludable (sin lácteos ni azúcar procesada)
Ingredientes
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350 g de leche de coco (casera de preferencia)
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52 g de cashews crudos y sin tostar
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240 g de agua
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2 yemas de huevo
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60 g de miel pura de maple
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1,65 g de canela en polvo
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0,57 g de nuez moscada molida
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0,57 g de clavo de olor molido
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0,33 g de pimienta de Jamaica molida
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$1 \frac{1}{2}$ cdta de extracto puro de vainilla
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Pizca de sal
Procedimiento de elaboración
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Licuar la base: Coloca todos los ingredientes (excepto las yemas de huevo) en la licuadora y licúa por al menos un minuto o hasta que no queden grumos.
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Calentar: Echa la preparación en una olla y, revolviendo suavemente con un batidor de alambre, calienta la mezcla sin dejar que hierva.
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Temperar las yemas (el secreto): Coloca las 2 yemas en un tazón y bátelas bien; agrega poco a poco y sin dejar de revolver unas cucharadas de la mezcla caliente hasta que las yemas se atemperen.
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Espesar y servir: Vuelca la mezcla de las yemas en la olla y regresa al fuego. Cocina a fuego medio sin dejar de revolver hasta que la mezcla espese.
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Toque final: Sirve en una taza y espolvorea canela molida por encima.










