Pablo Casanella, hijo de un activista cubano, escribió una carta a Papá Noel con una petición que partió el corazón de su padre. Entre solicitar un set de Lego, el niño de ocho años pidió lo más importante: que le concedan el asilo político a su papá para evitar la deportación.
“La carta de mi hijo me hizo sentir mucha tristeza e impotencia”, cuenta Oscar Casanella, el padre. El niño ha vivido bajo amenaza constante desde que nació. En 2022, la familia cruzó la frontera cuando Pablo tenía cuatro años. Su madre estaba embarazada del hermano.
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Hace poco, agentes del ICE tocaron la puerta de su casa en Miami durante la madrugada. “Nos dejó traumatizados, con miedo a salir de casa durante días”, relata Casanella. Este año, para Nochebuena, la familia celebrará sin viajar para “disminuir riesgos de ser detenidos”. Casanella, bioquímico y ex profesor de la Universidad de La Habana, cantará guitarra para la familia.
Sin embargo, la espera por la decisión de la jueza sobre su asilo político mantiene sus vidas en pausa. Cada día en el auto rumbo al trabajo, Casanella siente miedo de ser el próximo deportado.
Las familias que tienen a sus miembros detenidos
Harold Martínez, de 23 años, recibió una sentencia devastadora semanas antes de Navidad. El juez le comunicó que será deportado. Su pareja, Daniela, tiene certeza de que no habrá Nochebuena juntos, ni Fin de Año en familia.
Martínez está detenido en el centro de detención de Krome, en Miami, donde lleva cuatro meses. Ha perdido nueve kilos por mala alimentación. Relata maltrato de agentes, doctores que ignoran sus quejas y jueces que rechazan solicitudes de fianza.
“No voy a hacer nada este 24 de diciembre, si no tengo más familia aquí, solo él, y está detenido”, dice Daniela, quien ahora trabaja dos empleos, cuida al bebé de ambos y pagó renta, auto y abogado. Su hijo tenía nueve meses cuando Martínez entró a Krome. “Mi hijo ni se sentaba y ya se sienta. Ahorita crece y ni me conoce”, lamenta el padre desde el centro. Martínez se hace dos preguntas en el encierro: “¿Si me mandan a otro país, qué será de mi familia?” y “¿Qué crimen cometí para estar donde estoy?”
¿Cómo afecta la Navidad a familias?
Elmer Antonio Escobar González, de 33 años, fue expulsado del país por la Administración Trump junto a otros salvadoreños acusados de pertenecer a MS-13, a pesar de una orden judicial. Su familia desconoce su paradero. Ni abogados ni parientes saben dónde está.
Casi cada Navidad, González volaba desde Michigan con esposa e hijos hasta Nueva York. Se reunían frente al árbol gigante del Rockefeller Center. Este año no habrá viajes ni celebraciones. Solo hay incógnitas y angustia.
A través de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la familia supo que lo trasladaron al centro penal de Santa Ana en El Salvador. Esperaban noticias antes de fin de año, pero nadie les dice nada.
“Mi hermana ha perdido el ánimo de celebrar cumpleaños o días feriados”, dice su tío Josué Aguirre. “Este año no pensamos hacer nada. En realidad no hay un motivo para celebrar la Navidad”. La madre de Elmer está enferma desde que no sabe de su hijo. La familia vive un luto como si lo hubieran enterrado.
La Navidad de una madre cuya hija se autodeportó
Keily Chinchilla y su hija Allison Bustillo, de 21 años, amaban la Navidad. Armaban el árbol, ponían luces, envolvían regalos. Ahora Chinchilla no tiene ganas de celebrar porque Bustillo está en Honduras.
El pasado 6 de diciembre, Bustillo cumplió años lejos de su madre por primera vez. Llegó a EE. UU. cuando tenía ocho años, estudió, y cuando agentes del ICE entraron a su casa en Charlotte, Carolina del Norte con armas, acababa de ganarse una beca para estudiar enfermería.

Después de ocho meses detenida, Bustillo optó por autodeportarse. Ahora Chinchilla prepara tamales hondureños para celebrar con sus otros hijos. “No va a ser fácil celebrar si nos falta una parte de nuestra vida; ya nada es igual. Es mi primera Navidad sin ella”, dice la madre.
Para 2026, espera que algo cambie: “Que el próximo sea un año mejor. Me gustaría poder tener a mi hija de regreso. Que toda esta pesadilla acabe, porque mucha gente aún está siendo separada de sus familias”.
¿Hay historias de esperanza en esta Navidad de migrantes?
Alexandra Álvarez y su esposo Manuel Mejías, ecuatorianos en Nueva York, sí tienen razones para celebrar. No pudieron pasar Thanksgiving juntos, pero ahora se reencontraron tras una batalla de 44 días.
El ICE detuvo a Mejías en Federal Plaza en octubre, luego lo encerró en Delaney Hall, Nueva Jersey. Álvarez, educadora de 44 años, cuenta: “Mi esposo me llamó: ‘Gorda, me detuvieron’. Fue sumamente tenso, confuso, estaba desesperada”.
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Encontró ayuda en la Saint Peter’s Church de Manhattan. El padre Fabián puso dinero para pagar 5.000 dólares al abogado y cantidad similar para la fianza. El 2 de diciembre, la jueza determinó que Mejías no era peligro para la sociedad. Aterrizó en Nueva York el 23:50 del 4 de diciembre, justo para celebrar el primer año de su hija.
“Las cosas buenas han tapado las cosas malas”, asegura Álvarez. “Fue horrible cuando mi esposo no estaba. Como si me hubieran despojado de una vida. Poder estar juntos es una bendición”. Esta Navidad, vestirán pijamas idénticas y cenarán pavo o pernil en familia.
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