La Administración de Seguridad en el Transporte (TSA) está registrando las esperas más largas de su historia, en pleno cierre parcial del gobierno y con miles de pasajeros haciendo filas de más de cuatro horas en aeropuertos clave de Estados Unidos. La directora adjunta de la TSA, Ha Nguyen McNeill, advirtió ante el Congreso que el colapso de la infraestructura de seguridad aeroportuaria es “sin precedentes” y que, si el cierre continúa, el sistema sufrirá daños que pueden perdurar años.
Consecuencias de las largas esperas
En algunos aeropuertos principales, como Atlanta, Chicago, Miami y el de Los Ángeles, los tiempos de espera en las filas de seguridad han superado las cuatro horas, algo que la agencia nunca había visto en sus 24 años de historia. La TSA señaló que, en estos puntos, entre el 40 y el 50% de los agentes está “llamando ausente”, es decir, no se presenta a trabajar debido a la falta de salarios, de modo que los pocos que están en servicio deben atender una carga anormalmente alta.
Si el parcial se prolonga hasta el viernes, la TSA habrá dejado de pagar casi 1000 millones de dólares en nóminas desde que comenzó el cierre hace 41 días. Esa cifra no solo se refiere a dinero no entregado; también habla de familias de agentes que no pueden pagar servicios básicos, reciben avisos de corte y de desalojo, y que incluso han llegado a vender plasma o sangre para sobrevivir, según relató McNeill.
¿Qué pasa con la seguridad y el personal de la TSA?
Más allá de la incomodidad de los viajeros, la TSA alerta que el prolongado desgaste del personal afecta el nivel real de seguridad en el transporte aéreo. Las controladoras de seguridad se enfrentan a jornadas intensas, sin salarios, y con el peso emocional de ver a sus propios beneficios suspendidos mientras siguen obligadas a cumplir su función todos los días.
Ha Nguyen McNeill también denunció que, desde que empezó el cierre, se ha registrado un aumento de más del 500% en agresiones contra oficiales de seguridad. Varios pasajeros frustrados por las filas de horas han golpeado, insultado o amenazado a los agentes, y la agencia asegura que en estos casos se buscará responsabilidad penal.
Además, el número de oficiales que han renunciado ya supera los 480 durante este periodo, y fuentes de la DHS subrayan que se han ido muchos de los más experimentados, lo que dificultará la recuperación tecnológica y humana del sistema cuando el cierre termine. Para la comunidad latina en Estados Unidos, que viaja frecuentemente entre ciudades y hacia el extranjero, ese tipo de huelga silenciosa de la seguridad puede traducirse en un sentido de vulnerabilidad adicional en el aeropuerto.
¿Qué hace el gobierno ahora?
Ante tal panorama, la directora adjunta de la TSA admitió que la agencia podría verse obligada a cerrar operaciones en aeropuertos pequeños, donde el número de vuelos y de personal ya es limitado. El mensaje es claro: si el gobierno no llega pronto a un acuerdo de financiamiento, algunas terminales simplemente no podrán operar con normalidad, lo que afectaría rutas domésticas y regionales, incluyendo vuelos clave para comunidades latinas en el interior del país.

Además, el gobierno de Donald Trump ha enviado agentes de la Oficina de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) a algunos aeropuertos para ayudar a TSA con tareas de apoyo, como el mantenimiento del orden en las filas. McNeill agradeció públicamente la medida y aseguró que esa ayuda permite a los agentes de seguridad enfocarse en las revisiones más sensibles, a pesar de la controversia que genera el uso de ICE, una agencia vinculada al control migratorio, en este tipo de operaciones.
Sin embargo, el cierre se mantiene porque el Congreso no logra un acuerdo sobre el financiamiento completo del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), del que dependen tanto TSA como ICE. Demócratas y republicanos se acusan mutuamente de prolongar la crisis, y ambos señalan la financiación y las reformas al ICE como el principal obstáculo para reabrir el DHS sin condicionantes.
¿Qué implica esto para el turismo?
El caos en los aeropuertos coincide con un periodo de alta demanda, como vacaciones de primavera y la llegada de la Copa Mundial de la FIFA en junio, cuando se espera entre 6 y 10 millones de viajeros adicionales por partidos distribuidos en varias ciudades. Para muchas familias latinas, que suelen viajar a Miami, Nueva York, Texas u otras metrópolis, esos días de espera pueden significar perder aviones, frustrar planes familiares y aumentar la desconfianza hacia el sistema de seguridad aeroportuario.
McNeill ha pedido al público que tenga “paciencia y comprensión”, argumentando que los agentes de TSA continúan trabajando lo mejor posible, aun sin recibir salarios. Sin embargo, organizaciones de derechos civiles y sindicatos de empleados federales critican que la falta de pago y las condiciones de trabajo se usen como “golpe de presión” en la guerra política entre partidos, en vez de tratarse como una emergencia humana.
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