EN PORTADA: REGALOS DE ORO

Ostentosos regalos a Trump levantan sospechas de quid pro quo en la Casa Blanca. Entre esos obsequios figuraban espadas del gobierno saudí, palos de golf de oro de Japón y más.
EN PORTADA: REGALOS DE ORO Obsequios lujosos a Trump superan todos los récords históricos de la presidencia.
Foto: EFE

Obsequios lujosos a Trump superan todos los récords históricos de la presidencia.

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EN PORTADA: REGALOS DE ORO Obsequios lujosos a Trump superan todos los récords históricos de la presidencia.

La vitrina de la Casa Blanca ya no alcanza. En solo once meses de su segundo mandato, Donald Trump ha recibido regalos tan fastuosos que baten todos los récords conocidos en la historia presidencial de Estados Unidos. Un Boeing 747-8 valorado en 400 millones de dólares, coronas de oro macizo, lingotes de un kilo, relojes Rolex de edición única… la lista crece cada semana. Mientras tanto, tres de cada diez hogares estadounidenses viven al día, según un estudio del Bank of America Institute, y los precios de alimentos y servicios básicos no dejan de subir.

La economía que no llega al bolsillo

El plan de Trump para “hacer a Estados Unidos grande otra vez” se basa en una idea simple: castigar con aranceles a más de cien países para forzar la producción local y llenar las arcas públicas. Funcionó a medias. El gobierno ha recaudado miles de millones de dólares extra, pero la inflación no baja y el costo de la vida sigue disparado.

Los aranceles llegaron a alcanzar el 145 % a productos chinos y el 50 % a los de Brasil. Países enteros entraron en pánico y corrieron a firmar acuerdos comerciales. La mayoría eligió la vía rápida: halagar al presidente y enviarle regalos que rozan lo espectacular.

Una cláusula constitucional que se salta a la ligera

La Constitución es clara. El Artículo I, Sección 9, Cláusula 8 prohíbe a cualquier funcionario federal –incluido el presidente– aceptar regalos de gobiernos o líderes extranjeros sin permiso del Congreso. En la práctica, casi nadie lo cumple cuando se trata de Trump.

En mayo, durante una visita a Qatar, el jeque Tamim bin Hamad le entregó las llaves de un Boeing 747-8 de lujo que pertenecía a la familia real. El argumento oficial: que sirva como Air Force One provisional. En octubre, en Corea del Sur, el presidente Lee Jae Myung le colocó en las manos una réplica exacta en oro macizo de la corona del antiguo reino de Silla, valorada en millones. Vladimir Putin no se quedó atrás y encargó al artista Nikas Safronov un retrato gigante del mandatario estadounidense.

El caso suizo: reloj y lingote a cambio de aranceles más bajos

El ejemplo más reciente ocurrió hace apenas unas semanas. Una delegación de los mayores empresarios suizos –incluido el CEO de Rolex, Jean-Frédéric Dufour– visitó el Despacho Oval. Salieron de allí dejando sobre la mesa presidencial un reloj de oro macizo inspirado en el Datejust (piezas que no se venden al público y que oscilan entre 20.000 y 40.000 francos suizos) y un lingote de un kilo de oro puro con dedicatoria personal grabada. Valor del lingote: más de 130.000 euros.

Una semana después, Estados Unidos anunció que bajaba los aranceles a productos suizos del 39 % al 15 %. El gobierno helvético habló de “diálogo constructivo”. Medios suizos y estadounidenses se preguntan si el reloj y el lingote ayudaron a “ablandar” la negociación. Rolex se negó a comentar.

Reglas que existen… en teoría

Por ley, cualquier regalo diplomático que supere los 480 dólares debe declararse y terminar en los Archivos Nacionales o en la biblioteca presidencial correspondiente. En su primer mandato, Trump y su familia olvidaron reportar al menos 117 obsequios valorados en casi 300.000 dólares, según un informe del Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes en 2023. Espadas saudíes, palos de golf bañados en oro japoneses y retratos gigantes de El Salvador nunca aparecieron en los registros oficiales.

Críticas incluso desde su propia base

El regalo del Boeing 747-8 qatarí ha logrado algo insólito: unir a demócratas y a parte del núcleo duro de Trump en la misma crítica. Influencers como Laura Loomer lo llaman “caballo de Troya”. El comentarista conservador Ben Shapiro habló de “sórdido”. Hasta el senador Rand Paul advirtió que aceptar un avión de 400 millones puede “empañar” la capacidad de juzgar los derechos humanos en Qatar.

La Casa Blanca responde que todo se hace “con transparencia total” y que el avión pasará al Departamento de Defensa, no al patrimonio personal del presidente. Sin embargo, la fiscal general Pam Bondi –quien antes fue lobista de Qatar y cobró hasta 115.000 dólares al mes del emirato– fue la encargada de dar el visto bueno legal.

Diplomacia personal y dorada

En sus giras por Asia y Oriente Medio, Trump ha recibido coronas, medallas de oro, palos de golf históricos y hasta brownies decorados con láminas comestibles de oro. Los líderes asiáticos compiten por halagarlo: la primera ministra japonesa Sanae Takaichi le prometió una “nueva edad de oro” bilateral; el surcoreano Lee Jae Myung le puso la máxima condecoración del país y le organizó un almuerzo con carne criada en ranchos estadounidenses.

Los críticos lo resumen en una frase que se repite: “Trump negocia como si fuera un rey, y los demás actúan como vasallos que llevan tributos”.

A tres años del final del mandato, la vitrina de la Casa Blanca seguirá llenándose. Los regalos seguirán llegando. Y la pregunta que nadie en Washington se atreve a responder con claridad sigue flotando en el aire: ¿hasta dónde llega la línea entre cortesía diplomática y conflicto de intereses cuando todo brilla tanto como el oro?

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