Trump advirtió que evalúa un “plan b” si la Corte Suprema bloquea sus aranceles.
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Donald Trump no está dispuesto a rendirse tan fácil. Apenas unas horas después de una audiencia que dejó a todos con el corazón en la mano, el presidente soltó la advertencia: si la Corte Suprema le tumba los aranceles globales, él ya tiene un “plan B” bajo la manga. “Podemos hacer otras cosas, aunque son más lentas”, dijo con esa mezcla de desafío y seguridad que lo caracteriza. Y no es para menos: lo que está en juego es el eje de su política económica, la que ha recaudado más de 100 mil millones de dólares y que ahora podría irse al traste antes de que termine junio.
Todo empezó hace unos días, cuando los nueve jueces del Supremo se sentaron a escuchar más de dos horas y media de alegatos. Lo que parecía una formalidad se convirtió en un interrogatorio implacable. Incluso los magistrados conservadores que Trump mismo nombró le cayeron encima. John Roberts, el presidente de la Corte, fue el primero en encender las alarmas: “¿Me corrigen si me equivoco, pero esto le daría al presidente poder para poner aranceles a cualquier producto, de cualquier país, en cualquier cantidad?”. Amy Coney Barrett, otra de sus designadas, fue todavía más filosa: “¿En qué parte del código dice que ‘regular importaciones’ significa imponer aranceles sin límite?”.
Y así siguieron. Brett Kavanaugh se enganchó con el precedente de Nixon en 1971, pero hasta él reconoció que nadie había usado la ley IEEPA de esa manera en medio siglo. Los progresistas, por su parte, no se quedaron atrás. Elena Kagan soltó con ironía: “Resulta que estamos en emergencia todo el tiempo, ¿no? Fentanilo, comercio desigual… parece que la mitad del mundo califica”. Ketanji Brown Jackson remató: “El Congreso creó esta ley para limitar al presidente, no para darle superpoderes”.
Un secretario que defiende lo indefendible
Mientras tanto, en el otro extremo de Washington, Scott Bessent, el secretario del Tesoro, hacía malabares para salvar el día. Publicó un hilo en redes donde insistía: el objetivo nunca fue recaudar plata, sino devolverle la grandeza a la industria americana. “Queremos corregir décadas de prácticas comerciales que nos perjudicaron. Si el comercio se equilibra, nuestra producción va a reemplazar lo importado”, escribió. Pero hasta él reconoce que, si la Corte falla en contra, tendrán que buscar caminos más largos: la Sección 232 por seguridad nacional, la 301 contra prácticas desleales… opciones que existen, sí, pero que tardan meses en activarse.
Porque, claro, la pregunta del millón es: ¿qué pasa si los aranceles caen? Trump ya lo dijo sin rodeos: “Sería devastador para el país”. Y no exagera. Analistas como Damon Pike, de BDO USA, salieron de la audiencia con la cara pálida: “Por las preguntas que hicieron los jueces, las tarifas IEEPA están en serio peligro”. Si la mayoría conservadora 6-3 le da la espalda a Trump en esto, sería la primera gran derrota desde que volvió al poder.
El caos de los reembolsos que nadie quiere pagar
Y luego está el tema del dinero. Las empresas ya pagaron más de 100 mil millones en aranceles. Si la Corte falla a favor de los demandantes, ¿quién devuelve esa plata? Barrett lo preguntó sin anestesia: “¿Esto no sería un completo desorden?”. Neal Katyal, el abogado que representa a las pequeñas y medianas empresas, admitió que sí, que sería complicado. Solo cinco compañías tendrían reembolso automático; las demás tendrían que pelearlo en procesos administrativos que pueden durar años. Joseph Spraragen, otro experto, fue más crudo: “El gobierno no va a abrir la billetera así nomás. Prepárense para más juicios”.
De la tensión en la Corte al desmayo en la Casa Blanca
Pero no todo fue drama judicial. Horas después, Trump cambió el chip y se anotó un golazo que nadie esperaba. Reunió a los CEOs de Eli Lilly y Novo Nordisk en el Salón Oval y anunció que lograron bajar los precios de los medicamentos para la obesidad. Ozempic, Wegovy y Zepbound ahora costarán 149 dólares la dosis inicial y solo 50 de copago para quienes tienen Medicare. “Esto es para los olvidados, no solo para los ricos”, dijo Trump mientras Robert Kennedy Jr. aplaudía de pie. Hasta un ejecutivo farmacéutico se emocionó tanto que se desmayó en plena conferencia. Literalmente.
El acuerdo incluye cobertura para obesidad crónica, prediabetes y más condiciones. A cambio, las farmacéuticas se comprometen a producir más en suelo americano y reciben exenciones arancelarias. Los precios bajarán progresivamente hasta 250 dólares mensuales. Un respiro para millones de familias que veían estos tratamientos como un lujo imposible.
Lo que viene: incertidumbre total
El fallo definitivo puede llegar a finales de junio, cuando termine el periodo judicial. Mientras tanto, las empresas están con los nervios de punta. David Young, directivo de The Conference Board, lo resume perfecto: “Los CEOs siguen en una posición precaria. Necesitamos claridad ya”. Porque aunque Trump hable de “plan B”, nadie sabe exactamente cómo se vería. ¿Más aranceles por seguridad nacional? ¿Represalias selectivas contra China o México? Todo es posible.
Lo cierto es que esta batalla va más allá de los números. Es presidente contra Congreso, poder ejecutivo contra checks and balances. Si Trump pierde, se redefine cuánto puede hacer un mandatario con una simple declaración de “emergencia”. Si gana, abre la puerta a que cualquier presidente futuro use la misma jugada.
Por ahora, la pelota está en el tejado de los nueve jueces. Trump ya advirtió: no se va a quedar de brazos cruzados. El plan B está listo. Y aunque sea más lento, duele igual. Estados Unidos —y el comercio mundial— contienen la respiración.










